id: 12105051
Contigo
Nadie te avisa, nadie te pregunta. Simplemente irrumpes en una
realidad que sigue su curso.
Y empiezas a tomar consciencia de que existes: tus manos
tocan lo que ves. Tu cuerpo nota lo que ocurre. Deseas. Sientes.
Piensas.
Y entonces vienen las preguntas: ¿Qué sucede? ¿Por qué la
gente se hace daño? ¿Por qué existe la muerte? ¿Por qué no puedo
alcanzar lo que deseo? ¿Por qué ha de haber dolor, sufrimiento…?
Te das cuenta de que retroceder es imposible. Y escuchas las
respuestas que ofrecen los demás: lo divino habla con certezas
absolutas; lo mundano reacciona para sobrevivir; lo científico
siempre está a la espera de una mejor versión de sí mismo. Y
concluyes que casi todo se encuentra entre lo obvio y lo
incomprensible: ves hacer, mentir, agredir, ayudar... Unas. Otros.
Pronto tu rostro lleva las marcas de la vida que te ha tocado.
Nadie te avisa, nadie te pregunta. Simplemente irrumpes en
una realidad que sigue su curso. Y te conviertes en agente, sin
ganas o con vocación. Te tiemblan las piernas al pensar en lo
grande que es la realidad que te rodea; pero te sabes portador de
ideas. Te llegas a ver protagonista, a veces. Notas que puedes
hacer aquello que te propones…
Y, aun así, sigues preguntándotelo: ¿qué hago aquí? ¿Qué
sentido tiene mi existencia? ¿Qué sentido tiene lo que ocurre a mi
alrededor?
Y entonces surge en ti un recuerdo ancestral. Tu mente
conecta con un aroma muy familiar. Y respiras, arropado,
sintiéndote rodeado por unos brazos sinceros: «Estoy contigo»,
resuena en tu interior.
Y lo entiendes: esa es la respuesta, ese aroma original. Ese
AMOR trascendental que te sitúa en el lugar adecuado. Ese
recuerdo que no se desvirtúa, pese a las heridas.
Te quiero, mamá. Lo entiendo, mamá. Me consuela, mamá.
Ahora lo comprendo: ese AMOR es la fuerza que me une a este
lugar, que puede con todo, que ofrece el sentido que busco…
El AMOR, sí; ese que se originó en tu aroma, en tu llanto, en
tu abrazo intemporal.
0 Likes
0 Favorites
329 Impressions
0 Comments