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EVOLUCIÓN
Hace tiempo que llegamos a este mundo como humanos, con la capacidad de sentir, de amar, de sufrir...; y con la dura carga que supone ser conscientes de ello.
Comenzamos frágiles, absolutamente vulnerable. Carne débil a merced de una dura supervivencia. Una vida de dolor amenazada a cada paso. El hambre. La enfermedad. El frío. La muerte prematura apagando las posibilidades de tantas y
tantas vidas.
Pero fuimos capaces de imaginar mundos mejores. Y pronto nos dimos cuenta: imaginar solo es el primer paso para convertir algo en realidad. Así que, adelante!:
Las fibras vegetales se volvieron telas; la ropa confortable se tornó belleza. Las piedras adoptaron la forma de sillares. Los muros pasaron de sujetar techos de paja a grandes bóvedas con acabados esmaltados. La Tierra comenzó a ofrecernos abundancia de alimentos, y caminos, y entornos confortables; hicimos de los pueblos
auténticos paraisos terrenales...
Entonces, también vimos las bondades de compartir valores y principios, para colaborar, para convivir mejor; e inventamos los derechos. Y con ello el progreso explotó. Más y más mentes podian acceder al conocimiento, con lo que se multiplicaban las mejoras: hemos logrado hacer curables muchas enfermedades, hemos conseguido extender los beneficios de la inteligencia a muchas personas - deseamos que lleguen a todas -, hemos expandido las posibilidades de la vida
humana hasta lo casi inimaginable.
Soñamos con volar y lo hicimos, lo hacemos constantemente. Queríamos energia y ahora sabemos aprovechar casi cualquier fuente que esté a nuestro alcance.
Hemos atravesado el propio cielo, hemos llegado al espacio. La física cuántica está a punto de revolucionarlo todo.
Pero nuestra carne sigue siendo frágil. Las costuras que cubren mi rostro no puede protegerme de una gran amenaza que ha estado aquí casi desde el principio: la guerra. Esta fuerza destructora aún está muy presente hoy en dia y, donde actua, arrasa con casi todo: interrumpe el progreso, borra los valores y los derechos, hace desaparecer las libertades, expropia las posibilidades, silencia las inteligencias... Con ella, el dolor y la muerte de naturaleza artificial propagan el sufrimiento y hacen de nuestros pequeños paraísos terrenales verdaderos infiernos. Y hay más: a su fin, deja un poso de odio, resentimiento, injusticia y crueldad que impide que la felicidad pueda florecer durante generaciones.
Por eso creo que, ahora sí, ha llegado el momento de que nos rebelemos: que esta indignación que nos impide volvernos indiferentes ante la crueldad sea la fuerza que haga del futuro un mundo sin guerras. No hemos llegado hasta aquí para sentirnos incapaces de crear una realidad mejor -con todo lo que hemos sido capaces de avanzar juntos... ¡Hagamoslo, apartemos el tupido velo que nos impide ver y pongámonos manos a la obra!
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