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Una persona entra al mar con su tabla, caminando despacio entre las olas frías. No hay nadie más cerca, solo el ruido constante del agua y las rocas enormes detrás, como si el lugar existiera desde mucho antes y no necesitara a nadie.
Es un momento simple, casi silencioso. Ese instante en el que uno deja la seguridad de la orilla y avanza hacia algo incierto. No se ve la ola que viene, pero igual avanza. La escena habla de soledad, de decisión, y de esa conexión difícil de explicar entre una persona y el mar.
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