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En la inmensidad del paisaje, dos seres conviven en un instante suspendido: una mujer y un caballo. Ambos ajenos al bullicio, ambos enfrentando su naturaleza en silencio. Ella mira al lente con firmeza, como si supiera algo que el horizonte guarda. El caballo, libre y ajeno, come del monte sin apuro.
La escena parece hablar de origen, de vínculo con la tierra, de identidad y desapego. El blanco y negro borra el tiempo y nos ubica en un lugar donde lo esencial vuelve a pesar: el cuerpo, el entorno, la mirada
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