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En El último cuerno, mi cuerpo y el del espécimen se funden en un gesto de simbiosis forzada. Mis brazos emergen de la cabeza taxidermizada de un rinoceronte, creando un ser híbrido donde los límites entre quien preserva y lo preservado, entre lo humano y el archivo animal, se desdibujan.
Esta obra es un acto de cuestionamiento íntimo y político: ¿cómo habitar la contradicción de conservar lo que ya ha sido sacrificado? La imagen, lograda en cámara, no representa una metáfora, sino una encarnación de la paradoja museal. Me inserto en el vacío entre el gesto colonial de la taxidermia y la voluntad contemporánea de conservación, para preguntar: ¿podemos ser prótesis de lo que intentamos salvar, o somos tan solo testigos de su último testimonio?
El último cuerno es un autorretrato que no muestra mi rostro, sino mi lugar en esta cadena de cuidado, memoria y pérdida.
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