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En Saldán, sobre un viejo poste de luz, un pájaro inquieto convierte la tarde en espectáculo.
Salta de un lado al otro, mueve las alas, inclina la cabeza como si supiera perfectamente que hay una cámara apuntándolo. Se luce. Hace pequeñas piruetas con una energía exagerada y simpática, como un artista callejero diminuto.
A unos centímetros, en el mismo cable, su compañera —o compañero— lo observa en silencio. Quieto. Atento. Como quien ya conoce todas esas maniobras, pero igual no puede evitar mirarlo.
La escena tiene algo muy humano: uno haciendo payasadas para llamar la atención… y el otro mirando con mezcla de costumbre, ternura y paciencia.
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