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En una calle de Cochabamba, frente a la Catedral Metropolitana Basílica de San Sebastián, un acordeonista ocupa su espacio con serenidad. Su cuerpo permanece concentrado mientras las manos se desplazan con precisión sobre el instrumento, sosteniendo un oficio aprendido a través del tiempo. El encuadre elimina distracciones y centra la atención en el gesto, en la textura del acordeón y en la tensión contenida de los dedos. La música no se ve, pero se intuye en la postura y en la firmeza del acto. La imagen retrata presencia y trabajo: un instante donde el sonido se convierte en forma y el espacio público en escenario cotidiano.
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