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Se sienta entre hojas muertas, pero ella está viva.
Como si el otoño no fuera una estación, sino una actitud.
Hay en sus ojos la calma de quien ha cruzado tormentas,
y en su piel, la luz artificial de una ciudad que nunca duerme.
La rodea un silencio denso, teñido de neón,
como si el mundo estuviera a punto de contarle un secreto.
Fuma no por hábito, sino por rito.
Cada exhalación es un suspiro de despedida a lo que ya no duele.
Su cuerpo no posa: habita.
Sus sombras no esconden: revelan.
Y en esa mezcla de luces frías y calor en la mirada,
se adivina una historia que no necesita palabras.
Ella es un poema sin rima,
una noche que se niega a terminar.
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